Ayer por la tarde comenzó en Punto de Vista el ciclo “Querido Andrei” con el documental de Alexander Sokurorov “Elegía de Moscú” (1988). Los orígenes de esta película se remontan a principios de los años ochenta cuando Sokurov, amigo y admirador de Tarkovski, decidió hacerle un regalo en forma de documental para celebrar su quincuagésimo cumpleaños en 1982. Las autoridades soviéticas no aprobaron la producción de la película a tiempo y Sokurov no pudo comenzar a rodar hasta 1986, pero el destino, más tiránico aun que las autoridades, quiso que la película no fuera ya el regalo de ningún aniversario de cumpleaños, sino que se convirtió en una elegía debido a la prematura muerte de Tarkosvki el 29 de diciembre de 1986.
“Elegía de Moscú” es por tanto un canto póstumo al gran cineasta, el homenaje personal que Sokurov necesitaba rendir al maestro. Por este motivo, el documental no es una biografía al uso en el que rastrear la vida y obra de Tarkovski con cierto criterio, sino una muestra de admiración y respeto. El precio que el espectador no iniciado en Tarkovski tendrá que pagar por esta radical decisión es la orfandad de datos, pero es que la intención de la película tiene poco que ver con lo expositivo y mucho con lo emocional, terreno en el que Sokurov se desenvuelve con maestría.
El director siberiano construye un “collage” de ritmo meditativo y melancolía satisfecha a partir de documentos audiovisuales que recogen la presencia de Tarkovski: el documental “Tempo”, de Tonino Guerra, “Un día en la vida de Andrei Arsenevich”, de Chris Marker, imágenes del making off de “Sacrificio” y fragmentos de “El espejo” y “Nostalgia” entre otros. Sokurov aporta también material propio: él mismo se adentra, cámara en mano, en los hogares que invocan la memoria de Tarkovski: la casa rural en la que el cineasta solía pasar los veranos, su domicilio en el número uno de la calle Mosfilm… lugares llenos de la presencia de Tarkovski, pero siempre vacíos.
Sokurov establece este juego entre presencia y ausencia y confía a los ojos y a la imaginación del espectador la tarea de llenar los espacios abandonados con el recuerdo de Tarkovski, y lo consigue. A lo largo del metraje, en repetidas ocasiones, Sokurov nos ofrece la posibilidad de “contemplar” a Andrei: las acciones dentro del encuadre dejan de ser relevantes, los diálogos no están traducidos, cesan los subtítulos, la música y en imagen sólo queda Tarkovski, sublimado, y los pensamientos que nosotros proyectamos sobre él. Al principio la voz en off de Sokurov nos guía: “obsérvenle, cómo se mueve, sus gestos, su máxima concentración ante la cámara…” el resto es tarea nuestra, y de nuestro conocimiento y sentimientos por Tarkovski, dependerá, en gran medida, nuestra valoración del documental, como un hueco por rellenar.
La “Elegía de Moscú” se erige por estos motivos en una obra muy fiel a la esencia de una auténtica elegía cinematográfica: sobria, sin sentimentalismos, libre de una mano que nos obligue a seguir un único camino y dispensadora de una voz, la nuestra, que nos permite participar en el homenaje con la intensidad que deseemos.
Casi al final de la película, en la casa de verano de Tarkovski, vemos un árbol que él mismo plantó. Por supuesto, nos acordamos de “Sacrificio”, y también de las palabras de Tarkovski al inicio del documental: “el arte requiere un sacrificio total… es uno quien debe pertenecer al arte y no al revés”, y nos damos cuenta, mediante su presencia ausente, de que la muerte y la eternidad son dos caras de una misma moneda, y Tarkovski ha sido bendecido con la segunda. “Querido Andrei” no ha hecho más que empezar, pero ya intuimos que este ciclo va a rebosar justicia. Hoy y mañana a las 18:30 en Golem Yamaguchi, las próximas citas.
David
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Al parecer, los diversos homenajes a Tarkovski cuentan con un estilo similar. El realizado por su hijo, "Andrei Tarkovski. The Reminiscence", cuenta con muchos rasgos como los descritos por David en su crítica. Esa mezcla de poesía, contemplación, misterio y amor infinito hacia el arte. En este caso, una lágrima extraída de "Stalker" se convierte en el más emocionante homenaje al padre ausente.