PdV.CRITICA. "Andrei Tarkovski: el recuerdo"
“Andrei Tarkovski: el recuerdo”, constituye una obra menor
dentro de los homenajes que diferentes cineastas han rendido a Tarkovski a
través del género documental. El cortometraje, de veinticinco minutos de
duración, fue realizado por el hijo menor de Tarkovski, Andrei Andreievich
(actualmente presidente del Instituto Internacional Andrei Tarkovski) y el
director de fotografía Alexey Naydyonov en 1993, siete años después de la
muerte del director.
El cortometraje comienza con las imágenes del reencuentro
entre Tarkovski y su hijo, Andriusha, tras cinco años de forzada separación a
causa de las autoridades soviéticas. Tarkovski estaba ya muy enfermo, postrado
en cama pero empeñado en el montaje de su última película, “Sacrificio”.
Posiblemente estas imágenes de “Recuerdo” (utilizadas también por otros directores
como Marker o Sokurov) nos acercan de una forma más auténtica al cineasta que
el resto del documental, tejido a base de entrevistas a amigos y familiares de
Tarkovski.
En el reencuentro contemplamos la reacción del verdadero
Tarkosvki ante la llegada de su hijo, los gestos espontáneos tras cinco años
sin verlo, sus palabras de padre… como en un “reality show”, pero con una
justificación sólida y diferente: la de quien, habiendo entregado su vida al
cine, no siente pudor ante el hecho de que las cámaras recojan un
acontecimiento tan importante. El propio Tarkovski creía que la obra y la vida
debían estar íntimamente ligadas, y él pertenecía al arte, fenómeno común en el
cine moderno, pero que en Tarkovski parece cobrar una dimensión todavía más
auténtica.
El documental continúa con las palabras de Andriusha; el hijo
no descubrió el misterio y genialidad del trabajo de su padre hasta años
después de su muerte, y sólo a partir de entonces pudo empezar a comprender
quién era Andrei Tarkovski. Las entrevistas se suceden y todos los
interlocutores de Andriusha tienen palabras de admiración para su padre: Victor Lompen nos explica que Tarkovski fue la primera y última persona en
aconsejarle que llevara a cabo sólo aquellos proyectos en los que realmente creyera,
Edouard Artemiev, compositor de algunas de sus películas, cuenta cómo le ayudó
a encontrar un lenguaje propio sin restringir su libertad y su hermana nos
esboza la complejidad de su carácter. Todo esto mezclado con fragmentos de sus
películas, imágenes de su vida y de su muerte articuladas en un tono
nostálgico, pero poco más.
Intentar subsanar el gran “pero” del documental sería como pedirle
peras al olmo: echamos en falta ese toque personal que le saben imprimir los
maestros a los homenajes, esa mano que mece el montaje convirtiendo el paso de
una secuencia a otra en algo lleno de sentido, esa sobria contemplación y
espacio para la reverencia, por ejemplo, que Sokurov nos regaló anteayer en
“Elegía de Moscú”. Eso sí, lo que no podemos negar es que Andriusha, en su
nivel, ha hecho su trabajo, y lo que tampoco sabremos es cuál habría sido el
homenaje preferido de Tarkovski, si el de un gran director, o este otro, el de
su propio hijo.
David
