PdV. CRÍTICA Arcana
Arcana es un documental que busca resultar incómodo. Y lo logra. Logra que nos revolvamos en la butaca mientras la que fue cárcel de Valparaíso (Chile) y sus reclusos desfilan ante nuestros ojos. Nunca una cárcel fue lugar agradable. Ésta no es una excepción. Cristóbal Vicente recoge en su película el último año de existencia de esta prisión chilena, cerrada en 1999 y con más de 150 años de historia. La hora del mate, la del partidillo de fútbol, las visitas de los familiares, el momento del baño, todo. Es la vida allí, el día a día entre las cuatro paredes de la prisión, los momentos malos y los no tan malos. Trata de ser un homenaje a los que allí estuvieron.
La cinta dice con imágenes, no necesita nada más. La carga expresiva de éstas es suficiente para hacerse cargo del drama que supone el encierro. El silencio tan sólo se rompe con las voces de algunos reclusos, reflexiones que se dan únicamente en condiciones límite, y la suya lo es. Están de vuelta de todo, pero no dicen. Callan, guardan su propio secreto. Por momentos, la ausencia de sonido se hace insoportable, para el tiempo.
La oscuridad y la soledad están ahí, como simboliza el uso del blanco y negro. Pero la cárcel, con sus altos muros, es un mundo aparte, un reducto en pleno centro de la ciudad, muy cerca del mar. Salvando las distancias, el interior recuerda a las imágenes infinitamente visualizadas de los campos de exterminio nazis, hombres hacinados entre humedad y basura que miran a la cámara desde la curiosidad y la resignación. Y aunque esta cárcel impresiona, el ojo se acostumbra, algo que no logran los presos por mucho tiempo que pasen allí dentro. "Adaptarse no es lo mismo que acostumbrarse", dice uno. "Al estar preso se detiene la vida", dice otro. Lo llaman crisis carcelaria. El final rompe con lo anterior. Por fin aparece el color, la luz del sol, el ruido. La cárcel queda atrás.
Arcana no volverá a proyectarse durante el Festival Punto de Vista, aunque podrá ser vista en la biblioteca de Civican.
Maite
